
Este año 2006, cuando los árboles que rodean el n°24 de Portland Place cambien del verde al pardo perdiendo sus hojas, el enclave londinense acogerá a los jóvenes músicos que acuden hasta sus salas con la ilusión de lograr uno de los más prestigiosos galardones del mundo violoncelista, el Prémio Suggía. Dotado con 3.000 libras, brindará ayuda económica al afortunado ganador que podrá dedicarse un año, o más si le renuevan la confianza, a perfeccionar sus conocimientos y despegar en los inícios de su carrera. Allí se presentó a los 10 anos la inolvidable Jacqueline du Pré, esposa de Daniel Baremboin, y se hizo con el prémio siete años consecutivos.Y a la espera de dar su audición, muchos de esos jóvenes se hacen una pregunta: “Quién era Guillermina Suggía?”
Llamada por los críticos de la primera mitad del siglo XX La Reina de los Cellistas, La Maga del Violoncelo, La Divina Suggía, La Princesa del chello, Guilhermina Suggía fue una violoncelista portuguesa, esposa de Pablo Casals a lo largo de siete anos sin firmar en el Registro Civil, que revolucionó ese instrumento en técnica, posición y sonoridad. Hasta el 31 de diciembre de 2006 una exposición de la Câmara Oficial de Oporto en esa ciudad brinda la oportunidad de conocer la vida y la obra de una concertista sobresaliente y casi desconocida en la actualidad que abrió a las mujeres las puertas profesionales del violoncelo, un instrumento que históricamente se les había resistido.
La potencia creativa de esta intérprete que completaba su talento musical con una personalidad arrasadora le permitió llevar adelante un liderazgo que facilitó a las féminas esa opción instrumental. Si para un hombre manejar la envergadura del chello supone un considerable gasto de energia jalonado de lesiones, qué decir del esfuerzo necesario en una mujer, a quien por añadidura las buenas maneras de antaño obligaban a colocar el instrumento por delante de sus rodillas juntas o a un lado del cuerpo forzando el torso de la concertista a un retorcimiento físico doblemente agotador que sus colegas masculinos. De ahí que al referirse a las pocas ejecutantes anteriores a Guillermina, incluída Lisa Christiani, la más conocida, a quien Félix Mendelsshon dedicó su composición Canciones sin palabras, se acostumbra a comentar de todas ellas que tenían «un débil sonido». Aún en 1930 el chello era tenido por un instrumento indecoroso para las mujeres y la Orquesta de la BBC prohibía expresamente en su formación la contratación de violoncelistas femeninas. A este respecto conviene añadir los comentários negativos y a menudo obscenos de algunos maestros intentando apartar a las estudiantes de un camino tenido por inadecuado, como la soez observación que el profesor Thomas Beecham dedicó en tono de burla a la violoncelista Beatriz Harrison, contemporánea de Suggía, cuando era una adolescente:
— Señorita, tiene usted en las piernas algo capaz de dar un gran placer a miles. Y todo lo que hace es sentarse y arañarlo.
Pero llegó Guilhermina Suggía y bajo Ia dirección de su primer maestro de música, su padre, cambió esa tradición ante la curiosidad del ambiente musical. En la fotografia que da fé de su primer concierto público con solo 7 anos aparece ya con su pequeno violoncelo, regalo del vizconde Villar d'Allen, bien encajado entre sus rodillas. El Jornal de Notícias do Porto celebraba el estreno de Guillermina como solista calificándola de nina prodígio.
(Parte 1 de Artigo de ANA MARIA FÉRRIN editado na revista "HISTÓRIA 16" de Novembro que completará na sua edição de Dezembro o mesmo artigo.
Por uma questão prática divimos o artigo em várias partes para publicação. Esta divisão, que não pretende ser rigorosa, é da nossa total responsabilidade)