
Para Pablo Casals romper su convivência con Guillermina Suggía en 1913 llevó aparejado el distanciamiento con muchos de los amigos frecuentados hasta entonces, incluso su vida profesional quedó afectada. La relación de sus actuaciones durante ese año apenas contiene una densa gira otoñal por la que el llamaba la tierra triste de Rusia, finalizada a mediados de diciembre en Moscú con un concierto dirigido por Rachmaninov.
En Gran Bretaña, desde que Casals pisó su território por primera vez, nunca había encajado muy bien entre Ia sociedad inglesa, ésa es una realidad a la que el se refirió a menudo. Sin existir en principio un motivo concreto, si se pasa revista a sus íntimos de esas islas veremos que solo Donald Francis Tovey era inglês de nacimiento; precisamente Tovey, que había sido el desencadenante de su ruptura con Guillermina. Por el contrario, Inglaterra era para la violoncelista su habitat natural y una vez establecida en esa tierra, trás su etapa con el músico de Vendrell, Donald Tovey se convirtió en su principal apoyo, el admirador y amigo íntimo que le proporcionó buenos contactos en aquel país puntero en cuanto a oportunidades musicales, y la presentó a los miembros influyentes de la alta sociedad britânica. De ahí que Casals no quisiera correr el riesgo de encontrarse a los dos en la intimidad de algún salón londinense, circunstancia que le sucedió alguna vez. Guillermina había retomado una actividad imparable al separarse de Casals. Un recorrido por las críticas musicales de Ia época muestra frases irrebatibles para definir los recitales de Ia violoncelista portuguesa, como Ia siguiente:
Un ideal de perfectión estilística y musical... Guillermina. «The Queen of the Cellists».
Sus actuaciones llevaban el marchamo de algo irrepetible. lmpecable, desarrollaba sus recitales con un despliegue de sutiles pianísimos, transformados a su placer en los agresivos pasajes graves, rápidos o agudos, tradicionalmente asociados a la fuerza de un varón, según afirmaban los entendidos. A la vez Guillermina Suggía dominaba el juego de la sofisticación.
La Suggía, el cuadro pintado por el artista galés Augustus John,que hoy puede contemplarse en la Tate Gallery de Londres, donde está considerado una de sus joyas, es una tela impactante que no deja indiferente a quien la observa y despierta los sentidos mostrando a la llameante mujer en todo su esplendor. Para comprender varias características del sorprendente retrato, los brillos que se deslizan por el barniz del instrumento y el vestido hasta posarse en la piel de la intérprete y los pliegues del cortinaje, se hace preciso acudir a los apuntes que la misma Guillermina publicó con motivo de la primera exhibición de la obra en los que explica como llevó a cabo Augustus John su realización.
El artista hizo que la modelo se colocara encarada hacia la izquierda de la habitación - vista desde la óptica del espectador -, donde un ventanal ocupaba buena parte de la pared, escogiendo los dias soleados para pintar y de ellos sólo las horas de máxima luz. El sol traspasaba el cristal y le daba de lleno en el rostro deslumbrándola, por lo que de una forma natural ella echaba hacia atrás el cuello girandolo hacia el hombro derecho y cerraba los ojos, acentuando la sensación de arrobamiento. Empezó su posado vestida con un traje dorado escogido por el pintor, pêro al comprobar que atrapaba demasiado Ia luz, un dia de repente el artista decidió cambiarlo por otro blanco. Tampoco ese color conseguia expresar el tintineo, la pasión que buscaba destacar en la violoncelista. La pureza del tono prestaba a la modelo un aire angelical, todo lo contrario del fuego que John deseaba transmitir, por lo que finalmente pidió a Guillermina que lo sustituyera por uno rojo, que esta vez si fue el definitivo.
Ese retrato, La Suggía, contiene un movimiento de brazos y manos tan vivo que el observador no se sorprendería si de pronto brotara la música, eso y el batir de una falda a la que casi puede oírsele crujir la seda fueron efectos conseguidos para una Guillermina que a petición del pintor no dejó de interpretar a Bach todo el tiempo que duraron las sesiones. Cadencia y medida. Mientras pintaba John tarareaba la música con ojos de travesura. Y cuando un toque de pincel lo dejaba especialmente satisfecho empezaba a caminar por el estúdio, apoyándose en la punta de los pies, azogado, como si danzara. Ella lo veia de reojo y tenía que esforzarse para contener la risa. El contrasentido de una modelo a la que se le pedia que no dejara de moverse fue el mecanismo que empleó Augustus John para, retocando continuamente la pintura, congelar el instante mismo de una determinada presión de los dedos sobre una cuerda más o menos tensa del violoncelo. O jugando con el brazo, el arco y el mástil acechar y atrapar los três elementos formando un triângulo casi perfecto con el nacimiento del cuello.
Las sesiones de dos horas se alargaron otras dos en muchas ocasiones con entreactos que ambos aprovechaban para comer juntos y mantener una charla. Augustus John era todo lo contrario de su hermana Gwen, solitária y mística,amante dei escultor Auguste Rodin y también pintora. Guillermina dejó escrito que John era un hombre ameno, mordaz y sarcástico, y el «todo Londres» dejó extender el rumor de que entre el pintor y Guillermina, ambos alrededor de la cuarentena, había surgido un romance.
Artigo (PARTE II - 2 -) de ANA MARIA FÉRRIN, editado na revista "HISTORIA16" de Dezembro.