
Guillermina contrajo el que seria su único matrimonio en 1927 con el doctor radiólogo del Instituto Pasteur de Portugal José Casimiro Carteado Mena. Estuvieron juntos hasta la penosa muerte del marido, que le llegó como resultado de una continua exposición a los Rayos X en sus largos anos de profesión en tiempos que aún se desconocía el alcance nocivo de las radiaciones. Después de sucesivas amputaciones de vários dedos y un brazo, no se consiguió atajar el mal y José falleció en 1949, un año antes que Guillermina.
Las cartas cruzadas entre ambos en ese mismo periodo nos hablan de complicidad y lealtad entre dos seres que se comprendían y respetaban. Lo demuestra que al partir en 1948 hacia Londres para someterse a una intervención con pocas esperanzas de éxito, Guillermina confio sus últimas voluntades a su marido, haciéndole saber que lo había nombrado beneficiário de una renta y que parte de sus joyas y accesorios personales los legaba a la hija de él, Maria Anna, y a su cuñada, Anna Mena. Para Guillermina después de la perdida de sus padres en 1932 y de su hermana entre 1948 y 1949 la desaparición del marido significó Ia soledad familiar absoluta. «Ahora estoy sola en el mundo», confesó a los íntimos.
Lãs frecuentes ausências de Guillermina por toda Europa, con largas estancias en Inglaterra alejada del marido, habían dejado espacio libre en Oporto para que algunas voces Ia tacharan de libertina, dando crédito a las habladurías propiciadas por el desdén de un determinado grupo social hacia ella, que la llamaba despectivamente a ingleza y que relacionaba a Guillermina con jóvenes amantes locales o foráneos, algo que pudo ser cierto. O no. En todo lugar existen seres que mientras más êxito y talento detectan en un compatriota con más ahínco se lanzan a su yugular procurando desprestigiarlo.
Se sabe que poco después de instalarse Guillermina en Oporto dos de esas damas se acercaron a ella en los salones del club social de la ciudad rogándole que aceptara ser la figura central de un concierto de benefícencia, a lo que ella accedió encantada de colaborar. Unos dias más tarde, al coincidir en un baile de dicho club, las mismas senoras le dieron la espalda fingiendo no conocerla, negándole el saludo. La violoncelista no se dio por enterada, pero memorizó el detalle para corresponderles como se merecían en el momento adecuado, que no tardó en llegar. Cercana la fecha del concierto, ya con el nombre de la intérprete utilizado como reclamo, las damas volvieron a visitarla para concertar los pormenores del acto y al entrar Clarinda en sus habitaciones y comunicarle la visïta, Guillermina adoptó la pose altiva, la conocida frialdad inglesa de la que se revestia cuando lo consideraba necesario, y le dijo a su empleada con la recomendación de que transmitiera textualmente el mensaje:
—«Madame» me manda decirles que no está.
Artigo - parte II (5) de ANA MARIA FERRIN, editado na revista "HISTORIA16" de Dezembro
Publicado por vm em dezembro 26, 2006 08:34 AM